LA VIDA QUE YO VIVÍ / Autobiografía de Magda Portal



Una impecable edición de Casa de la Literatura y el Ministerio de Educación ha hecho posible tener ante nuestros ojos La vida que yo viví[1], escritos autobiográficos de Magda Portal (1900-1989), intelectual, poeta y activista que vivió algunos de los años más intensos de nuestra historia política y cultural, desde la aparición de los primeros partidos socialistas (incluyendo al Apra primigénea en que militó) pasando por la vanguardia y el indigenismo.  Es un placer presentar a nuestros lectores algunos fragmentos de estos escritos cuya edición reproduce los originales mecanografiados, (atendiendo las correcciones de la autora que figuran en hermosas glosas a mano), así como fotos poco conocidas que fueron parte de una muestra que el año pasado dedicó la Casa de la Literatura (Caslit) a nuestra escritora. El texto se reproduce con autorización de Caslit y las tres fotos de Magda Portal publicadas aquí pertenecen a la Colección Latinoamericana Nettie Lee Benson de la Universidad de Austin, en Texas, cedidas gentilmente a esta página.




 Detalle interior de la edición del original mecanografiado de La vida que yo viví.         



“Las autobiografías nunca son sinceras o lo son a medias. Tampoco las memorias, aunque éstas reflejen mejor las emociones, las angustias o las alegrías vividas, que difícilmente pueden reproducirse cuando el tiempo ha transcurrido. Todos los que escriben sus memorias engrandecen su personalidad, la exaltan o la magnifican. Por excepción, expresan algún motivo negativo que les acuse o les disminuya. Porque la autobiografía, si fuera absolutamente sincera, expondría a su autor a exhibir sus desnudeces, sin las inhibiciones que son ignatas en el ser humano. Tal es el caso de las memorias de Pablo Neruda, “Confieso que he vivido…” que dentro de las posibles abstenciones, relata episodios de su intensa vida, sin ningún pudor convencional, y pese a ser memorias, o sea, escritos muchos años después de haber ocurrido, reflejan nítidamente los hechos que relata, demostrando su poderosa memoria sensorial, tal vez ayudada por algunos apuntes que fijaron para el tiempo tal hecho o acontecimiento que marcó su huella imborrable.
            Nadie, pues, se auto acusa, deliberadamente, a base de recuerdos. Nadie quiere descubrir el lado oscuro de la vida, con sus lacras y sus renunciaciones, sus cobardías y sus derrotas.
            Tal vez los llamados “Diarios” contengan la mayor verdad porque han sido escritos bajo su impacto, al momento o poco después de haber acontecido.
(…)
            Hay narcisismo o masoquismo en los que hacen el relato de desnudo de sus vidas. I cuánto dolor o placer deben experimentar al revivir aquello que tenían oculto, pero a la espera de descubrirlo en el momento preciso.
            Las memorias son el revés del diario; se escriben hacia atrás, cuando la pátina del tiempo ha impreso su señal o diluido la fuerza de la veracidad del acontecimiento descrito.
(…)
            Es imposible captar -y revelar- la vida retrospectivamente, si no es para inventarla de nuevo. Su transcurrir se nos escapa como agua entre los dedos.
            En las memorias, más que la verdad se impone la fantasía. Los sueños que soñamos dormidos o despiertos y nos dejamos llevar por corrientes de inexistencias recreadas.
            El recuerdo es muchas veces como restos informes o cadáveres que se llevan sobre los hombros y de los que uno quisiera deshacerse.
            Muchas veces he descubierto que hay grandes lagunas en mis recuerdos de juventud que no me es posible revivir, que apenas configuran nebulosas o fantasmas de sueños o simplemente se borraron de mi memoria, como una defensa de mi naturaleza ansiosa de liberarse del dolor de su presencia. Así el nacimiento de mi hermana menor, seis meses después de la muerte de su padre, cuando quedamos de nuevo sumidos en la orfandad, tal como sucedió años atrás a la muerte de mi padre. Quizá fueron los mismos recuerdos dolorosos que se ocultan ellos mismos, huyendo de la luz y que conforman el trasfondo de la vida. Olvidos que fabrica el subconciente como forma de equilibrar la conciencia.
(…)
            …mi vida privada no lo fue nunca en lo que ella comprenda el disfrute de un hogar y una familia, pues ni yo ni mi familia dejamos de sufrir los asaltos a mi casa y la prisión de la mayoría de mis parientes, hasta el de mi propia madre. No recuerdo que los líderes apristas    -no los compañeros obreros- sufrieran más hostigamiento de parte de la policía que yo. Haya estuvo en prisión en la Penitenciaría de Lima desde el 15 de mayo de 1932 hasta el mes de abril de 1933. Pero a él le correspondía esta experiencia, pues de otro modo se habría podido decir de él que le guardaban las espaldas, como en tiempos de Prado, en que todo el mundo decía que vivía perseguido…pero que solía conceder entrevistas a ciertos periodistas extranjeros, muy elaboradas por cierto, a fin de producir la impresión respectiva.
(…)


            A los 3 años ya sabía leer, pues mi madre nos había enseñado en la casa, y acudíamos a la escuelita de una señoritas, cuyo nombre ignoro. Allí me hacían recitar poemitas sobre los animales o los santos.
            A esta misma edad nos mudamos al Callao, donde mi padre poseía unas casas en construcción bajo su control personal.
            Un día de esos mi padre regresó de la obra con alta fiebre y dolor al pulmón. A las 48 horas, según supe después, moría sin remedio. Era el “costado sordo”, según la terminología de la época.
            Entonces conocí lo que era la muerte. La tarde en que lo velaban yo estuve alerta a ver cuando podía acercarme a verlo. I lo conseguí. Sobre el túmulo yacía su cuerpo flaco, extendido cuan grande era y sin un movimiento. Lo miré con todas mis fuerzas porque sabía que era la última vez y me alejé corriendo.
(…)
1922. Mi amistad con estudiantes y con intelectuales se acrecienta por estos años. Frecuento a los poetas César Vallejo, Alcides Spelucín, Alfonso de Silva -el músico-, el escritor Antenor Orrego, Junio Castilla, el puneño Sandoval, Meneses y varios más que se me escapan del recuerdo. Formábamos un grupo homogéneo, entre los que se encontraba, asimismo, el escritor Gonzalo More, hermano de Federico y de Ernesto. Yo era la única mujer y me sentía ampliamente protegida aún de aventuras románticas. Ellos eran adictos a las drogas de entonces -éter, cocaína, opio- y yo les acompañaba en sus incursiones a las boticas para agenciarse de la droga. Nunca las probé ni me fueron ofrecidas. Una vez, alguno de ellos, hablando de los sueños que proporcionaba el opio, me invitó a uno de los fumaderos del barrio chino. La curiosidad me hizo acudir, pero cuando estaba justamente en la puerta del callejón que conducía al departamento, al no ver a ninguno de mis amigos esperándome, retrocedía y me fui cautelosamente.
(…)


            1923. Los Juegos Florales de San Marcos. En agosto de este año, el periódico “La Reforma”, órgano de la Federación de Estudiantes de la Universidad de San Marcos, convoca a la realización de los Juegos Florales de ese año, invitando a todos los intelectuales jóvenes del Perú. “La Reforma” estaba dirigida por Carlos Gonzales Posada. Como no había indicación alguna con ningún tipo de restricciones, envié unos tres poemas de estructura romántica, influida como estaba todavía por la poesía del gran lírico colombiano José Asunción Silva.
            El evento literario estaba respaldado por varios premios, los dos primeros por la Universidad de San Marcos, el tercero por el Ministerio de Instrucción, otro por el diario “El Comercio”. El mantenedor de los juegos era el poeta José Gálvez, que ya fuera premiado en años anteriores y que por su Canto a la juventud, mereciera el aprecio y el reconocimiento internacional de los jóvenes de entonces. El jurado estaba compuesto por Enrique A. Carrillo (Cabotín) periodista y escritor, Luis Varela Orbegoso (Clovis), y Alberto Ureta, uno de los más notables poetas de su tiempo.
            El concurso tuvo una amplia difusión y concurrieron los poetas de todo el Perú, pues los premios eran bastante atractivos.
            Cuando se realizaron los cómputos de los poemas escogidos, se descubrió que había un poema que había merecido el primer premio, pero como se trataba de un seudónimo femenino, había que cedérselo a un varón, en la imposibilidad de que una dama le brindara su homenaje a otra dama. La dama era yo. Es sabido que los Juegos Florales se realizaban en honor de alguna mujer. Originados en la Edad Media, constituían el homenaje del varón a la dama de sus preferencias.
            Surgió así un inconveniente, pues si se me daba el primer premio, no podría seguirse todo el ceremonial que imponía la tradición (¡ !)
            Ignorante yo de todo esto, una de esas tardes tuve la visita del poeta José Gálvez a mi casa, donde con el don de gentes que le caracterizaba, me anunció que había sido premiada con el primer premio de los Juegos, pero…al tratarse de una mujer, que no era dable le cantase a otra mujer, venía en comisión del jurado a rogarme cediera el premio al poeta que quedó en segundo lugar. Se trataba del poeta arequipeño Alberto Guillén. (…) Ante el singular impedimento, acepté la proposición del poeta Gálvez. I el jurado dictó su veredicto, creando un premio especial ex aequo, en igualdad de condiciones que el Primer Premio, concediendo la flor natural a la dama que firma con el seudónimo de Loreley, que era yo, y el primer premio al poeta Guillén ya nombrado. El Jurado se extendía en los consabidos elogios y se asignaba igual premio pecuniario a los dos que habíamos sido premiados (…)
            Pero esta adjudicación del premio no había sido del todo inocente. Había de por medio el hecho de que Guillen necesitaba un trampolín para ganarse la aquiescencia del presidente Leguía y con el acuerdo del jurado se nombró Reina de los Juegos Florales a una de las hijas del dictador. El acto de la Entrega de los Premios se realizó en el Teatro Forero, hoy Municipal, con gran despliegue de personalidades, y con la asistencia del presidente y sus ayudantes. Yo estuve en la antesala del teatro, y a la hora de salir para recibir mi premio, le dije al poeta Gálvez que me excusara y leyera por mí el poema premiado, pues yo no estaba dispuesta a continuar la comedia.  El poeta, sin saber qué hacer, optó por atender mi ruego y, excusándome, leyó mi poema”. 




 





[1] La vida que yo viví…autobiografía de Magda Portal. Lima: Casa de la Literatura Peruana, 2017. La edición cuenta con un estudio preliminar a cargo de Yolanda Westphalen, directora de la Escuela de Literatura de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. La vida que yo viví reúne bajo ese título una serie de documentos mecanografiados y ológrafos, incluyendo la segunda parte, titulada Trazos cortados. La autora se preocupó en dejar constancia de la fecha en que comenzó a escribir estas notas autobiográficas: 12 de febrero de 1979. Portal dejó cuatro copias, una de ellas en poder de Rocío Revolledo Pareja, sobrina de Magda Portal que autorizó tanto su edición en libro como la publicación de estos fragmentos en Musarañas.

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